El poder del ritual
5 MINUTOS DE LECTURA
Los rituales nos acompañan desde siempre. Nuestros antepasados ya los usaban, y hoy, en plena era digital y en una sociedad cada vez más laica, seguimos recurriendo a ellos para motivarnos, emocionarnos y conectar con los demás. Puede que para muchas personas ya no tengan un sentido religioso, pero la pandemia nos demostró que siguen siendo clave para dar sentido a nuestra vida, saber quiénes somos y sentir que tenemos un lugar en el mundo.
Los rituales colectivos e individuales fueron una de las grandes víctimas de los dos primeros años de pandemia. Su ausencia se notó profundamente, sobre todo durante los confinamientos más estrictos, cuando apenas había nada que marcara el paso del tiempo. Los días y las semanas se confundían unos con otros sin que encontráramos un punto al que agarrarnos. Vivimos momentos vitales importantes sin poder marcarlos ni celebrarlos. Dejamos un trabajo y empezamos otro con poco más que una dirección de correo nueva, despedimos a seres queridos sin el consuelo de un duelo compartido y terminamos el colegio o la universidad en la cocina de casa, lejos de nuestros compañeros. En el día a día, pasar de las tareas de casa al ejercicio, o del trabajo al ocio, ocurría en un mismo espacio, incluso en una misma pantalla, y lo único que marcaba la diferencia eran las ventanas que abríamos y cerrábamos en el ordenador. Era una monotonía constante, sin esos marcadores colectivos e individuales que dan sentido a las cosas.
El ritual colectivo
Los rituales son tan importantes para los seres humanos que, cuando nos los quitan, buscamos la manera de crear otros nuevos. Durante la pandemia, personas de todo el mundo encontraron una alegría colectiva muy especial en el ritual de aplaudir desde los balcones para dar las gracias al personal sanitario. Era una expresión de la “efervescencia colectiva”, un término que acuñó el sociólogo Émile Durkheim hace más de un siglo para describir esa intensa sensación de unión que experimentamos en los rituales religiosos cuando nos reunimos para compartir un mismo pensamiento y participar en una misma acción. En las sociedades laicas la vemos en los eventos deportivos o en los conciertos. Durante la COVID, la expresamos a través de los aplausos. Y durante un tiempo, aquella cita de las ocho de la tarde nos hizo sentir verdaderamente conectados en unas semanas grises y de aislamiento.
Un ritual se define como una ceremonia religiosa o solemne que consiste en una serie de acciones realizadas en un orden establecido, y es una forma de anclarnos en un momento con sentido. Puede ser religioso o laico, pero su propósito es marcar un punto en el tiempo y regalarnos un momento de reflexión o de conexión. Los rituales suelen acompañar los grandes momentos de transición de nuestra vida. Nos protegen y nos dan ánimo mientras los vivimos y, cuando son colectivos, permiten que los demás sean testigos de nuestros cambios.
Esas transiciones pueden ser muy significativas, como una boda o una muerte, o más cotidianas, como salir de casa para ir a trabajar y volver después. Los rituales nos ayudan a vivirlas con plena conciencia. Si lo pensamos en términos de calendario, los cumpleaños y los aniversarios no dejan de ser un día más del año. Lo que hace que trasciendan lo cotidiano es la forma ritual en que los celebramos, como algo especial que marca nuestro paso de un año al siguiente y nos permite dar la bienvenida a nuestro propio «año nuevo».
La ciencia respalda nuestra necesidad de rituales colectivos. Una investigación [1] de Shira Gabriel, profesora de psicología social en la Universidad Estatal de Nueva York, sugiere que los rituales compartidos, ya sea un gran evento o una interacción cotidiana, nos hacen sentir más conectados con los demás y nos ayudan a sentir que nuestra vida tiene sentido. Según su trabajo, quienes participan en ellos también tienden a ser más felices y a sufrir menos ansiedad y depresión.

Los rituales individuales
Es una alegría ver cómo vuelven las grandes celebraciones colectivas. Acabamos de celebrar juntos la Semana Santa, la Pascua judía y el Ramadán por primera vez en dos años o, en un plano más laico, de disfrutar de las torrijas, las monas de Pascua y las escapadas de primavera.
Mientras que los rituales colectivos nos ofrecen la tranquilidad de lo familiar, la solidaridad y la experiencia compartida, los rituales personales pueden crear una sensación de conexión con nosotros mismos y con lo que nos rodea. También podemos vivirlos como momentos íntimos de reflexión y atención plena. Ya sea un oficio religioso o la costumbre de escribir un diario, dan sentido a nuestra vida y nos ayudan a encontrar nuestro lugar en el mundo, siempre que los practiquemos de forma consciente. Incluso el Wordle de cada día puede convertirse en un ritual. Como explica la psiquiatra y autora Abigail Brenner, «el simple hecho de participar activamente en nuestra propia vida es un gran paso para recuperar la responsabilidad sobre cómo elegimos vivir, con quién compartimos nuestras experiencias y cómo nos definimos dentro de nuestra comunidad y en el mundo».
A diferencia de los hábitos, que suelen ser automáticos e inconscientes, los rituales individuales son conscientes. Son una serie de acciones que realizamos de una manera determinada y con un propósito claro. Desde esta perspectiva, hasta las tareas más rutinarias pueden convertirse en pequeños rituales sagrados que, de forma sencilla, aportan riqueza y profundidad a nuestra vida. A menudo, estos ritos personales tienen además un componente estético. Igual que en la ceremonia del té japonesa se utilizan utensilios específicos cuya forma y belleza forman parte esencial del ritual, reservar en casa algunos objetos bonitos para un uso especial puede ayudarnos a transformar un momento cotidiano en algo mucho más significativo.
El café de cada mañana, por ejemplo, vivido como un ritual y servido en una taza especial, marca el comienzo de un nuevo día y se convierte en mucho más que un chute de cafeína. Nos regala un momento para detenernos antes de empezar, pensar qué queremos del día y ser conscientes de cómo lo arrancamos. Del mismo modo, podemos transformar el simple gesto de limpiarnos la cara por la noche en un ritual, una forma de mostrarnos gratitud y aprecio a través del cuidado. Tanto el café como la limpieza facial pasan a ser pequeñas ceremonias de autocuidado y conexión con nosotros mismos.

Referencias
[1] The psychological importance of collective assembly: Development and validation of the Tendency for Effervescent Assembly Measure (TEAM). Shira Gabriel, 2017.