Compañeros invisibles, la vida en un mundo microbiano
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Solo eres 10% humano
¿El resto? Microbios. Diminutas bacterias, hongos y virus que son tus compañeros desde el principio. En términos técnicos, tienes alrededor de 30 billones de células humanas y casi las mismas en microbianas. Y en cuanto a genes, los microbios ganan por goleada. Superan tu ADN humano por cientos de veces. Así que, en muchos sentidos, eres más ellos que tú.
Aquí no hay ningún error evolutivo, no viajan contigo por accidente. Hay una razón por la que billones de microbios viven en tu intestino, y muchos más en tu piel, tu boca y tus partes íntimas. Cada uno cumple un papel en mantenerte con buena salud.
Así que antes de que te asustes y busques el gel desinfectante, piensa en esto. En la naturaleza, nada prospera en soledad. Los bosques, las selvas, los arrecifes de coral, todos dependen de la conexión y la diversidad. Tu cuerpo no es distinto.
Tu microbiota intestinal funciona como un ecosistema vivo. Cada especie aporta al equilibrio del conjunto. Una comunidad microbiana rica y variada sostiene casi todo, desde la digestión hasta las defensas, el metabolismo e incluso la salud mental.
Las bacterias beneficiosas les ganan el terreno a los posibles patógenos, mientras que los microbios que se suelen llamar «malos» solo son un problema cuando dominan. En equilibrio, forman parte de la orquesta. Y una buena pieza de música solo funciona cuando cada músico cumple su papel.

Vemos el mismo principio en toda la naturaleza. Las flores y las abejas, el coral y las algas, las plantas y los microbios del suelo, cada uno prospera gracias al otro. Es la relación recíproca, no el aislamiento, la que genera fuerza. Y tu cuerpo no es distinto. En este momento, billones de microbios te sostienen a través de ese mismo acuerdo de dar y recibir.
En guerra con nuestros amigos
Sin embargo, durante gran parte del siglo XX, hemos estado en guerra con lo mismo que hace posible la vida. Fregamos, desinfectamos y esterilizamos nuestras casas, nuestra comida, incluso nuestros suelos, intentando eliminar a los microbios cuando quizás el camino era aprender a vivir con ellos.
No hay duda de que, en su momento, esta mentalidad salvó millones de vidas. Los antibióticos y la higiene cambiaron por completo el pronóstico de salud de quienes, de otra forma, lo tenían muy difícil. Pero ahora el péndulo se ha ido demasiado lejos. La Organización Mundial de la Salud enfrenta una preocupación global importante con la resistencia a los antibióticos. Nuestros suelos esterilizados y el monocultivo han afectado ampliamente a especies de animales, insectos, plantas y a nuestra propia alimentación. Los desequilibrios intestinales, los brotes autoinmunes y las alergias podrían ser el efecto secundario no buscado de nuestro intento de dominar el mundo microbiano.
Estos organismos, pequeños pero inteligentes, llevan aquí mucho más tiempo que nosotros. Evolucionan. Se adaptan. Sobreviven. Quizás sea momento de aprender de ellos. Quizás sea momento de elegir la alianza en vez del combate.
La importancia del terreno
La naturaleza nos enseña que la vida próspera empieza con un entorno sano. La reciente película de David Attenborough, «Océano», muestra cómo restaurar el lecho marino es clave para reconstruir la vida del océano. De forma similar, la agricultura regenerativa se centra primero en la diversidad del suelo. Después, las plantas, los animales y los insectos prosperan.

Aplica esto a tu intestino. En vez de solo añadir nuevas especies de bacterias, hay que cuidar el terreno donde viven. Eso significa cuidar la barrera intestinal, nutrir ese entorno y después alimentar a los microbios que ya viven ahí.
Esta idea no es del todo nueva. Ya en el siglo XIX, Louis Pasteur, famoso por la «teoría microbiana», sostenía que los microbios eran la causa principal de la enfermedad. Pero su contemporáneo, Antoine Béchamp, planteaba que el entorno, o «terreno», era igual de importante para determinar si un microbio te enfermaba o no. Según su teoría, si tu entorno interno está sano y en equilibrio, los microbios tienen menos probabilidades de causar enfermedad.
Ahora, la ciencia moderna vuelve a esa idea. Vemos que la integridad de la barrera intestinal, la diversidad microbiana y la resiliencia de todo el cuerpo importan tanto como los propios microbios. Este es el enfoque de nueva generación para la salud digestiva. Cuidar el terreno, nutrir a los microbios y dejar que todo el sistema prospere en conjunto.

¿Cómo convivir con los microbios?
Entonces, ¿cómo hacemos las paces con nuestros microbios, y mantenemos contentos a los buenos para que controlen a los más difíciles? Algunas formas sencillas pero eficaces.
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Comparte el cariño. La conexión humana es también conexión microbiana. Los abrazos, los apretones de manos, los besos, incluso las conversaciones cara a cara permiten el intercambio de microbios. Una razón más para incluir tiempo social en tu rutina de bienestar.
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Sal fuera cada día. La naturaleza es una obra maestra microbiana. Cuidar el jardín, caminar descalzo o nadar en aguas naturales te conectan con una diversidad microbiana mucho mayor que la vida en interiores.
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Alimenta bien a tus propios microbios. Incluye alimentos prebióticos y probióticos (alimentos fermentados) a diario. Busca variedad y color en tus comidas, cambia los ingredientes según la temporada y suma muchas plantas para fomentar una microbiota diversa y próspera.
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Respira profundo. Cada respiración profunda trae consigo millones de microbios. Dónde respiras también importa, el bosque, el mar, el aire de montaña, así que, cuando puedas, busca entornos naturales. Y cuando no puedas, abre las ventanas.
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Cuida el suelo. La diversidad empieza en la tierra. Siempre que puedas, elige fruta y verdura ecológica, para evitar pesticidas y herbicidas que alteran el equilibrio del suelo (y de tu intestino).
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Limpia, pero con suavidad. Un poco de suciedad no hace daño. Elige alternativas de limpieza naturales en vez de lejías agresivas, para ayudar a preservar la microbiota de tu hogar.
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Suplementa con criterio. Fórmulas como True Biome nutren ese terreno. Prebióticos para alimentar, posbióticos para comunicar y L-Glutamina para cuidar la barrera intestinal, ayudando a que tu microbiota prospere.